Columna de la editora

La columna de la editora: La (difícil) opción de amamantar

Jeannette Kaplun

Cuando una mamá se informa de los beneficios de la lactancia materna, pocas veces puede negarse a amamantar a su bebé si es que no tiene un problema médico que lo contraindique. Las investigaciones indican que los bebés que lactan se enferman menos, tienden a ser más inteligentes, sufren menos de obesidad y asma, entre otros beneficios.

Además que para la mamá es muy bueno también: el útero se contrae más rápido, se queman muchas calorías, no hay que preparar ni esterilizar biberones, los pañales del bebé casi no huelen, el niño no se estriñe… En fin, sobran las razones para optar por la lactancia materna.

Si es lo mejor que se puede hacer por el bebé, ¿por qué suele ser tan difícil? Hay muchas mujeres a las cuales la lactancia les resulta lo más natural y sencillo del mundo. Se jactan de lo fácil que es llegar y darle la teta al niño, sin necesidad de esterilizar biberones o andar comprando fórmula.

Yo no fui de ese grupito afortunado. Es más, insisto en que la madre naturaleza esta vez no estuvo muy iluminada e hizo las cosas más complicadas de lo que deberían ser. Creo que si no hubiera sido tan terca, hubiera abandonado la lactancia hace muchas semanas.

Por suerte racionalmente ya estaba preparada para lo que me tocó. Sabía que debería tratar de amamantar a mi hijo apenas naciera y así lo hice, para estimular la producción de leche-Sabía que tendría que estar dispuesta a darle pecho cada dos horas, contadas desde el inicio de cada toma (o sea, sabía que no dormiría por mucho tiempo). Sabía que dolía al principio. Pero no sabía que ese dolor se convertiría en casi una tortura.

A pesar de leer mucho sobre el tema y de haber asistido a una clase de lactancia, no logré ubicar bien al bebé durante semanas. O quedaba muy abajo o quedaba muy arriba. Me untaba un poco de leche en los pezones para que se sanaran. Trataba de mantenerlos al aire libre lo más posible (perdí el poco pudor que me quedaba después del parto). Me echaba una crema especial de lanolina pura. Nada servía.

El asunto es que se me hicieron llagas y cada vez que mi hijito se prendía al pecho, tenía que apretar los dientes de dolor. La foto lo dice todo.

Estos problemas de posicionamiento se tradujeron en que se me hirieron los pezones, al punto que a la semana de nacido de mi bebé, yo ya presentaba mastitis. Ese término tan científico en palabras sencillas quiere decir infección del pecho. Tenía los pechos enrojecidos, inflamados, con bolitas duras y sentía un dolor impresionante. Eso unido a una fiebre altísima, inapetencia y un cansancio extremo. La situación completa me hacía estallar en lágrimas, gentileza también de los vaivenes hormonales posparto.

Contrario a los instintos, cuando se presenta mastitis, no hay que dejar de dar pecho, sino tratar de vaciar la leche lo más seguido posible. Así que con la ayuda de analgésicos suaves (aprobados para ser usados en la lactancia), antibióticos, paños calientes y papas ralladas (sí, leyeron bien, la papa cruda rallada desinflama la zona) y mi bebé hambriento, logré salir adelante.

El problema de posicionamiento lo resolví comprando un cojín especial que ubica al bebé de manera perfecta. ¡No se imaginan cómo me cambió la vida! Una vez que darle pecho al bebé dejó de ser sinónimo de dolor, pude entender por qué para tantas mujeres la lactancia les permite crear un lazo tan especial con sus bebés. Sin embargo, luego de haber sufrido tanto dolor, entiendo también por qué tantas mujeres abandonan la lactancia.

Esos no fueron los únicos obstáculos que encontré. Estaba obsesionada con que no tenía suficiente leche debido a que mi hijo bajó bastante de peso los primeros días de vida y una enfermera insistía en que le diera fórmula, hasta que empezó a engordar casi el doble de lo normal en su primer mes de vida. Luego empezaron los cólicos, producto de ciertos alimentos que ya suprimí de mi dieta porque irritan a mi pequeñín. Ya aprendí a no comer nada picante, con frijoles (porotos), cebolla o leche, salvo que quisiera aguantar horas de llanto de mi pobre bebé a causa de los gases que sentía.

Y ni hablemos de cuando pensé que se me acababa la leche porque mi hijo se quedaba con hambre y quería estar prendido a mi pecho todo el día. Gracias a toda la información que recibí, me enteré de que estaba pasando por una etapa de crecimiento (se da durante la tercera, sexta y novena semanas de vida generalmente) y que era la única manera de que mi cuerpo se enterara de que tenía que producir más leche.

Todo ha sido un proceso de aprendizaje. Agotador, pero sumamente enriquecedor. La verdad es que darle de lactar al bebé es arte.

Ahora cuando comparto con mi hijo la hora de darle de comer, miro lo bien que está y me lleno de felicidad. Además, no hay palabras que describan lo que se siente cuando tu bebé te mira después de tomar su leche y te sonríe. ¿Vale la pena el sufrimiento inicial? ¡Sí!

Nacida en EE.UU. y criada en Chile, Jeannette Kaplun es la editora de TodoBebé.com. Acaba de ser madre por primera vez en agosto. Si deseas enviarle un mensaje, escríbele a editor@todobebe.com . No puede contestar todos los emails, pero sí leerá tu mensaje.


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