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Si dentro de toda la magia, los berrinches nublan todo lo demás, nos estamos perdiendo de lo más importante.

Los maravillosos dos

(TODO BEBÉ).- Imagínense que se refirieran a nuestra edad (bueno a la mía porque seguro hay muchas en sus maravillosos veintes) como “los insoportables y hormonales treinta y tantos”. Cuidemos cómo nos referimos de nuestros hijos, aunque sea algo de moda y “normal”. Para mí esta edad o etapa de un niño está lejos, lejísimos de denominarse como terrible.

“Espérate a que cumplan dos años y empiecen con los berrinches”. Mis hijas tienen dos años y cuatro meses, ya pasaron el primer tercio de sus “terribles dos”. Confieso que cada vez que alguien se refiere a esta etapa de los niños como los terribles dos me hierve un poquito la sangre.

Esta es una época mágica, porque siguen siendo bebés en varios aspectos pero a la vez empiezan a mostrar una independencia increíble. El corazón se apachurra cuando escuchas los primeros “yo solita” “no me ayudes” o “no me veas”, pero ese corazón explota de amor y ternura cuando después de haberte dicho yo solita para construir una torre de bloques la escuchas gritando de emoción “bravo campeona”.

Es a la vez mágica porque siguen dependiendo mucho de ti. Te piden todas las noches que las consientas otro ratito antes de acostarse, te dicen que te quieren hasta la luna, te abrazan como si no quisieran soltarte jamás. Es una época llena de momentos inesperados, de ocurrencias y travesuras.

Es increíble verlos absorber información como una esponja, de ver cómo sus personalidades se muestran mucho más definidas. Escogen qué ponerse, qué libro leer, que canción escuchar, qué comer. Empiezan a entender con mucha más profundidad la causa y el efecto, aunque el efecto incluya un poco de riesgo.

Es la época en la que arman rompecabezas, construyen torres cada vez más grandes, pretenden que cocinan tal y como tú, empiezan a andar en triciclo y a usar el patín del diablo aunque se te salga el corazón cada vez que pierden el balance.

Pasan periodos de tiempo más largos dibujando, empiezan a narrar sus cuentos, cantan canciones a todas horas, y si también de vez en cuando hacen berrinches. Bueno quizás una vez al día, pero el día tiene 24 horas, y ellas están despiertas 12, por lo que 5 minutos (aunque parezcan horas) no me parece tanto. Entonces si dentro de toda esta magia, los berrinches nublan todo lo demás, nos estamos perdiendo de lo más importante.

Si fuéramos un poco más empáticos y entendiéramos que aproximadamente a partir de los dos años ellos empiezan a reconocerse como seres independientes, entenderíamos entonces que muchas veces cuando quieren hacer algo que va en contra de nuestros planes, ellos sienten una enorme frustración.

La mayoría de las veces su único medio para expresar esta frustración es a través de un berrinche. Y por supuesto que pueden ser abrumadores, nublar nuestra calma y sacarnos de quicio; pero si logramos respirar en medio del caos y preguntarnos por qué está haciendo este berrinche y qué podría estarlo provocando, podríamos controlarlo de mucha mejor forma. Al final del día los berrinches son muestra de la evolución normal de un niño. Lo que no es normal es un niño de dos años que no los haga.

Para mí los berrinches son una clara señal de que la personalidad de mis hijas se está desarrollando y una oportunidad para prestarles más atención, escuchar qué es lo que quieren e intentar saber cuáles son sus motivos. Es un momento para conectar, abrazarlas, calmarlas (evitando por completo el rincón de pensar, los gritos o castigos) y ya estando tranquilas aprovechar para explicar y hacer esas conexiones tan importantes en su cerebro.

El manejo del berrinche es una de las muchísimas cosas que forman parte de esta etapa evolutiva de los maravillosos dos. Una etapa en donde varias veces al día me encantaría detener el tiempo para que no crecieran ni un segundo más, para que sus ojos se sigan ilusionando con cosas tan simples como una burbuja de jabón, un globo, la luna y las estrellas.

Cambiemos el discurso y empecemos a llamarles “los maravillosos dos”. Cuando cambiamos el adjetivo negativo por otro positivo todo empieza a cambiar siempre para mejor.

Por: Sofía Sánchez de Tagle

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