Pamela Salinas Parra

La vida después del parto

Mi tercer parto, natural en agua  y sin anestesia

Mi tercer parto, natural en agua y sin anestesia

El viernes a las 6 am. Me levanté, me lavé los dientes, me mojé la cara, fui a preparar café, regresé, d y me metí a bañar. Unos días antes en la última revisión mi doctor ya me había dicho que tenía 4 centímetros de dilatación, pero yo no sentía ni contracciones ni dolor, salvo unos piquetes muy esporádicos una noche antes, por lo que había quedado de ver al doctor esa mañana en el hospital.

Después de bañarme, fui a despertar a mi hijo mayor y entonces comencé a sentir un poco más de presión sobre la vejiga, no hice caso. Estaba ya alistándome cuando de pronto me dio un escalofrío, las manos me temblaron y me ardieron las manos. Seguí sin dolores ni molestias.

Salimos de casa. Caminé10 pasos y nos detuvo el paso de los autos. El siga llegó y al dar el paso ¡zaz! sentí algo caliente y pensé: “Me hice pipí”. Seguí caminando sin decir palabra, el dolor seguía sin aparecer. Nos subimos al auto y lo confirmé: había roto membranas.

Después de 30 minutos y ligeras contracciones bastante llevaderas cada siete minutos, llegué al hospital.

8:20 am. Entré al hospital caminando, cuando me vieron con el pantalón mojado hasta las rodillas corrieron por una silla de ruedas. A partir de entonces todo fue un caudal de adrenalina a la máxima potencia.

El elevador se abrió y vi la cara sonriente de Hugo, mi ginecólogo, y de la Güera, doula maravillosa. Yo también iba sonriendo, me sentía plena, emocionada, confiada en que este parto sería como yo quisiera. Llegamos a la sala de labor, me preguntaron cómo estaban las contracciones les dije que cada 5 minutos. Entre contracciones me quité la ropa y pude ponerme la horrorosa batita hospitalaria.

El ritmo cardíaco de Victoria estaba más que perfecto: 169 latidos por segundo, claramente se sentía su cabecita en mi coxis, poco a poco estaba girando para colocarse en la posición adecuada. Las contracción se estaban acortando, cada 3 minutos y subiendo poco de intensidad.

Faltaba muy poco para conocer a mi hija. No tuve mucho tiempo para pensar porque de pronto me dieron unas ganas de vomitar intensas y por más desagradable que suene fue un verdadero alivio.

Por mi propio pie caminé dos pasillos hasta la sala de Labor, Parto y Recuperación (LPR) y en el camino aparecieron dos contracciones un poco más fuertes, al punto de tener que doblarme para dejar que pasaran y seguir caminando. Entramos a la LPR y la cosa cambió, entonces sí el dolor se apoderó de mi. Confieso que por primera vez tuve miedo.

Para mi fortuna ahí estuvo mi mamá, para sostenerme, literalmente hablando; con su cuerpo cargó mi pelvis adolorida, mientras yo trataba de mantener la respiración indicada en cada contracción. Parada en un ángulo de 90 grados recuerdo comenzar a sentir ganas de pujar y con ellas aparecieron mis primeros gritos.

En un instante de calma, pedí la tina de agua que ya se estaba llenando. Caminé y entré sola. Al sentir el agua de 37 grados de temperatura, volví a sentir un poco de alivio y también recuperé un poco de confianza en mí misma. Ya en el agua recibí las contracciones de mejor manera y con mayor capacidad para respirar como debía. A la tercera contracción nuevamente comenzó la sensación de pujo. Estar sentada no ayudaba, sólo atiné a ponerme sobre mis rodillas y ya estaba en 10 de dilatación. El nacimiento era inminente.

Vino otra contracción pero ahora estaba acompañada de un dolor igual de intenso pero más abajo, el canal de parto, la vagina. El miedo me invadió y recuerdo que apreté la mano del papá de mis hijos, le pedí que me pusieran un poco de anestesia. Con toda la dulzura del mundo me dijo al oído: “Ya no es posible la anestesia, pero tú puedes hacerlo, vas muy bien, respira”.

Llegó otra contracción y sentí claramente como mi cuerpo se abría en dos, pensé que era el dolor más fuerte de mi vida, estaba equivocada. Sentí venir otra contracción, tomé aire, cerré la boca y pujé, entonces si sentí el dolor más fuerte de mi vida, los demás reaccionaron y dijeron: “Ahí viene, ya va a salir la cabeza”.  El papá, siempre a mi lado me sostenía y repetía: “Tú puedes, los estás haciendo muy bien, eres una campeona”.

Mantuve el pujo hasta que se me acabó la fuerza, pero ya no había manera de disminuir el dolor. La nena estaba con media cabeza afuera y yo tenía que seguir empujando. Volví a tomar aire y pujé (quise bajar la cabeza y en realidad acabé metiéndola al agua), el dolor de la contracción desapareció y eso me permitió pujar aún más fuerte, pero entonces sentí como si los tejidos vaginales fuera elásticos, junto con esa sensación sentí ardor ¡mucho!

Sentí el deslizamiento de la cabeza hacia fuera, pero no sentí que el tejido regresara a su lugar. No podía prácticamente moverme ni hacer otra cosa que respirar, volví a tomar aire y pujé y grité: “¡Arde!” Me contestaron: “Ya está saliendo, puja”.

Entonces tuve la sensación más placentera del mundo: sentí ese diminuto cuerpo saliendo de mí, cada milímetro de ella lo pude sentir pasar por mi piel, y ahí sigue aún como un tatuaje que jamás se borrará. En ese momento todo, absolutamente todo era pasado. En un movimiento giré para quedar sentada y ahí la vi, diminuta, blanca, tranquila. Aún unidas por el cordón umbilical la tomé cual trofeo y la puse sobre mi pecho. Ella trataba de abrir los ojos, la pediatra le sacaba las flemas.

Eran las 9:19 am. ¡Tan sólo una hora de mi vida había corrido y yo había hecho tanto!

Cansancio, cero. Sueño, ¡para nada! Sentía la adrenalina correr a galope tras las endorfinas en mis venas. Relajarme, descansar, eran ideas que ni siquiera pasaban por mi cabeza. Quería verle cada movimiento, recordar ese momento perfecto en mi memoria. Quería bailar y gritarle al mundo que era la mujer más poderosa del mundo, que no había nada en el mundo que no pudiera hacer después de este parto.

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Pamela Salinas Parra

La vida después del parto

Hace ocho años me convertí en madre sin tener la menor idea de qué se iba a tratar todo esto. Desde entonces he recorrido un camino de cambios, dudas y aprendizaje intensivo sobre lo que significa ser mamá en estos tiempos. Tuve una cesárea, un parto natural con anestesia y un parto psicoprofiláctico en agua. Informar, ayudar y calmar a otras mamás en esta ardua labor del maternaje me llevó a convertirme en Doula postParto, porque ninguna mujer debería comenzar la maternidad en soledad.