Comparar no es tan malo
Me dieron un gran consejo: “Nunca las comparen, mucho menos siendo idénticas”. Pero me di cuenta que mientras ellas iban creciendo las comparaciones naturalmente se empezaban a dar.

Comparar no es tan malo

Por: Sofía Sánchez de Tagle

(ENTRAVISION).- Cuando en la semana siete de embarazo descubrí en el ultrasonido que tendría gemelas, además del shock inicial de saber que venían dos en camino, me parecía algo raro. Se me hacía inconcebible que la naturaleza me hubiera escogido a mi, una mujer chaparrita y flaca, para cargar a dos personitas al mismo tiempo (hoy definitivamente se en carne propia que la naturaleza es muy sabia y el cuerpo hace milagros). Me parecía raro que fueran idénticas, mismos ojos, misma boca, pelo, cuerpo, color de piel. Raro pensar que tendrían la misma sonrisa, la misma voz. Todo me parecía un tanto extraño.

 

Ya que empecé a enamorarme más y más con la idea de tener a dos niñas igualitas, a mi esposo y a mi nos dieron un gran consejo: “Nunca las comparen, mucho menos siendo idénticas”.

 

Durante esos meses de preparación para conocerlas, cuando nacieron e incluso durante sus primeros meses de vida, el simple hecho de pensar en compararlas me parecía lo peor que les podía hacer a ellas y a mi como mamá. Pero me di cuenta que mientras ellas iban creciendo las comparaciones naturalmente se empezaban a dar.

 

Mientras una de ellas se esforzaba por semanas para lograr hacer las cosas como voltearse de un lado a otro, aprender a gatear, a caminar y a subir las escaleras, la otra la observaba paciente cada día para ver cómo se hacía y con la mitad del esfuerzo lo lograba el día menos esperado unas semanas después. Una puede pasar horas intentando descubrir cómo funcionan las cosas, la otra se distrae con mucha más facilidad y necesita voltearme a ver muchas más veces para sentirse segura.

 

Es simplemente inevitable, vemos estas diferencias y  en lugar de pensar en ellas como comparaciones, me parecen un regalo de la vida, un verdadero milagro, de cómo dos personas con el mismo ADN (excepto por las huellas dactilares), pueden ser tan mágicamente distintas.

 

Son precisamente estas diferencias las que me han hecho enamorarme de ellas con mucha más profundidad. Aprender a conocerlas para poder darle a cada una justo lo que necesitan de mi (aunque todos los días es un reto saber qué es lo que necesitan). Cuando una a veces necesita mis brazos, la otra necesita su espacio (y cuando las dos necesitan mis brazos nunca subestimen la fuerza de una chaparrita que aún pesando cada una 10 kilos todavía logro cargar a las dos y enseñarles los pajaritos que tanto aman).

 

Cuando su papá y yo pensamos que ya logramos descifrarlas, la que creíamos que era más tímida no deja de conquistar a todo el que la conoce con sus ojitos y sonrisas. Estamos constantemente intrigados por sus cambios, por sus avances. Me parece irreal todavía cómo una habla como un perico repitiendo absolutamente todo lo que decimos y la otra con un esfuerzo enorme repite una veintena de palabras.

 

La gente más cercana a nosotros goza también con estas diferencias. No pueden de la risa viendo a una gritar de éxtasis cuando ve a un perro mientras la otra se asusta un poco cuando el perro le da una lamida; y no pueden mas que derretirse de amor cuando esta otra contesta “ Maía” cuando le preguntas su nombre (María es su hermana ella se llama Jimena).

 

Que vivan las diferencias, porque solo sabiendo qué es lo que las hace verdaderamente únicas es que voy a tener las herramientas para ayudarles a que ellas puedan lograr ser la mejor versión de si mismas.

 

Quizás una me necesite a su lado más veces, y la otra me necesite justo detrás para darle sus empujoncitos de vez en cuando. Sea como sea, se que tengo mucho que aprenderles y que tener gemelas idénticas no es raro sino más allá de irrealmente mágico.

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