Adriana Vera Orozco

La maternidad según Dada

El verdadero sentido del Día de las Madres

El verdadero sentido del Día de las Madres

Nunca me quedó claro el sentido del Día de las Madres. Los recuerdos que tengo de esa celebración durante mi infancia y adolescencia son de tráfico, gentío y estrés familiar. En ocasiones lo pasamos con gente que ni de la familia era. Además, una vez que crecimos y dejamos de hacer tarjetas de cartulina con crayolas y collares de pasta de sopa, nunca sabíamos qué regalarle y terminábamos por no darle nada. No que eso le afectara, pero así de raro era todo.

La fecha se volvió especialmente incómoda el primer 10 de mayo que mi madre ya no estuvo con nosotros. Hacía seis meses que había fallecido de manera inesperada, y mientras todo mundo andaba por ahí festejando a sus mamás, mi papá, mis hermanos y yo pasábamos juntos un día “normal”; algo amargo, aunque quizás más familiar e íntimo que muchos otros, sencillo y relajado pues no teníamos que cumplir con ningún protocolo social. Estábamos reunidos pues no podíamos pasarlo con nadie más, y aunque era triste, fue uno de los miles de factores que nos mantuvieron unidos una vez que faltó la pieza clave del engranaje familiar.

Casi 10 años después me convertí en madre y disfruté mucho mi primer festejo. Desde temprano recibí flores, plácemes y recordatorios de lo especial que se había vuelto mi vida. Me llamaron y felicitaron personas que ni en mi cumpleaños se acuerdan de mí. Recuerdo haber pensado que a partir de ese momento gozaría de una fecha extra de celebración de mi persona. Sin embargo, al año siguiente todo volvió a la normalidad, y el 10 de mayo otra vez regresó a ser un recordatorio de que yo no tenía a quién festejar.

Evidentemente, no tener mamá a quién celebrar en este día es lo que menos me afecta de ser huérfana de madre. Cuando su muerte era algo muy reciente y me pasaba algo emocionante, de inmediato sentía el impulso de querer contárselo sólo para acordarme unos segundos después que ya no me podía escuchar. Le escribí cartas en mi diario. La soñé muchísimo. Le lloré poco. No por no sentir la tristeza, sino porque ella siempre me decía que no llorara por cualquier cosa, “que guardara mi llanto para el día que ella se muriera”; pero cuando eso pasó, yo no tenía experiencia en derramar lágrimas.

Después me acostumbré a su ausencia. Crecí para ser quien yo quería ser, sin necesidad de empatar sus expectativas ni de agradar su mirada vigilante. Me alegraba el hecho de que mi idea de ella fuera como la que se tiene de una amiga muy querida que se fue lejos, y no la de una figura a la que hay que complacer toda la vida. Me gustaba imaginar que estaría muy orgullosa de la mujer en la que me había convertido.

Fue cuando nacieron mis hijos que volví a lamentar, y aún más que antes, que ella ya no estuviera. No era justo que no pudiera ver sus caritas, que yo ya no tuviera a quién comentarle mis descubrimientos maternales o preguntarle cosas que solo se le preguntan a las mamás; que me hubiera quedado de manera prematura sin la brújula emocional que representa una madre.

Hoy hace casi 17 años que partió y ahora Alicia no solo es la madre ausente. También es la abuelita que hace mucho está “en el cielo” (y lo pongo entre comillas no porque dude que ella esté en un buen lugar, sino porque ha sido la única manera amable de explicarlo a mis hijos a pesar de que no soy religiosa). Es la tita de la que mis hijos solamente saben por lo que le contamos o lo que ven en las fotos. Es la leyenda de una hermosísima mujer que lo mejor que tenía no era su belleza, sino una gran fortaleza para no rendirse ante los tremendos golpes de la vida; el mito de la mamá que alguna vez tuvo la madre de mis hijos.
Y aunque la maternidad ha sido lo que más ha removido la tristeza que produce su ausencia, también resulta la experiencia que más me ha acercado a ella. Desde que no está, el Día de las Madres ha sido un pretexto recurrente para recordar y valorar como nunca antes lo que ella representa para mí. Para agradecer que aunque ya no esté, su recuerdo y sus enseñanzas me acompañan todos los días; que su esencia vive en mí, en mi casa y en mis hijos. Que soy lo que soy gracias a ella.

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Adriana Vera Orozco

La maternidad según Dada

Me llamo Adriana pero mucha gente me conoce como Dada. De niña soñaba con publicar algún día en el New York Times. A la fecha no lo he logrado, pero sí he escrito para Harper's Bazaar, Caras, Marie Claire, Casaviva, Women's Health, InStyle, Quién y Living de Martha Stewart. Desde el 2006 he tenido varios blogs, en 2007 me convertí en madre y hoy soy la editora en jefe de Todobebé, lo cual me permite combinar mis dos pasiones: la escritura y la maternidad. También me puedes leer en neceser.wordpress.com, un blog de maternidad y estilo de vida.