Mother and son in park
Con el bebé, la experiencia de subir el edificio donde vivo y salir a la calle cambiaron mucho. Ir a pie no es lo mismo que ir caminando con una carriola.

Ser mamá en los espacios de Europa

 

por Rocío Flores

Cuando estaba embarazada imaginaba que pasearía con el bebé como si nada. Me sentiría segura de mí misma yendo de aquí para allá, haciendo todo como antes. Pero como supongo que le pasa a cualquier mamá, cuando llegó el día fue muy diferente: horas para salir, mil cosas que cargar, llantos y pañales que gestionar… Y para llegar a tiempo a cualquier lado también descubrí que había que planear todo la noche, el día o la semana anterior.

 

En México hubiera cargado todo en el coche, pero al vivir en el centro de Barcelona lo mejor es ir a pie, lo cual al menos para mí significaba un grado de dificultad extra. Primero porque siempre he sido amante de subir y bajar las escaleras, pero más que por hacer deporte, porque los ascensores nunca me han gustado mucho (una vez me quedé atrapada), así que viviendo en el último piso de un edificio y con un bebé, subir y bajar a pie no era la mejor opción. Al principio usé el foular portabebés y cargaba con mi recién nacido de 4 kilos por las escaleras, pero con la cantidad de cosas que hay que llevar no me quedó otra que aprender a convivir con esas estrechas paredes de acero.

 

Los edificios de Barcelona son preciosos pero eso sí, el espacio se paga, cada metro cuadrado tiene un alto precio en euros y en comparación con el continente americano en general los elevadores son más pequeños. Ahí apretada con la carriola, el bebé y la pañalera, muchas veces he contado los minutos hasta la planta baja anhelando tener una casa de esas con patio y jardín como las que hay en México.

 

Con el bebé, la calle también tomó otro matiz. Ir a pie no es lo mismo que ir caminando con una carriola. Más de una vez casi se me voltea por llevarla sobrecargada con las bolsas del súper, (entre otras cosas), pero por suerte, mi hijo ya tiene 8 meses y sigue sano y salvo.

 

Ahora he aprendido a salir con más rapidez, a experimentar las pequeñas áreas de juego urbanas para sustituir a los jardines caseros, a localizar amplios restaurantes en los cuales se puede entrar con un bebé y que es muy práctico reunirse con otras mamás en algunas bibliotecas con la excusa de leer libros infantiles, para que los niños gateen. Sí, aquí por regla general las viviendas son más pequeñas, pero después de todo, lo bonito del viejo continente es que las ciudades acompañan la vista de los que pasean con monumentos, tiendas, bares, terrazas, restaurantes y gente de todo el mundo, lo que hace que la tortura de cualquier ascensor se viva desde otra perspectiva pues la calle, de alguna forma, se convierte parte de la vivienda de los habitantes de estas urbes.

 

 

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