Pamela Salinas Parra

La vida después del parto

¿Por qué tener un segundo bebé?

¿Por qué tener un segundo bebé?

Casi desde que tuve en mis brazos a mi primer hijo sentí el deseo de tener otro. En cuánto el doctor entró a verme luego de la recuperación me dijo “¿lista para el otro?”, a lo que yo respondí que… ¡listísima!

Cuando lo recuerdo me doy cuenta de que fue algo más instintivo que racional (supongo que tiene ver que con esa información ancestral de perpetuar la especie), y para ello había que tener más de una cría.

Debo decir que al papá no le pasó igual, más bien todo lo contrario. Para él con un hijo era suficiente, no necesitaba más. Pasaron los meses y cuando mi hijo estaba cerca de los dos años volví a tocar el tema, entonces sí de manera más racional.

Para mí era demasiado duro pensar que mi niño crecería en solitario en un mundo tan rudo como en el que vivimos ahora. Que además, en algún punto, iba a tener que cargar con dos viejos y quizá enfermos.

El papá de mis hijos y yo, prácticamente, fuimos hijos únicos, aunque yo tengo tres hermanas: a una le llevo 14 años, a otra 29 y a otra 31. Así que me críe como hija única hasta los 14 años, y por parte de mi mamá sigo siendo la única.

Yo crecí jugando con muchos niños, mis primas y primos, pero no son mis hermanos, no crecimos en la misma casa y no compartimos la misma crianza.

Sobre todo, el mundo ya no es como cuando nosotros éramos pequeños y podíamos jugar con los vecinos o con los niños de la unidad habitacional. A mí no me cruza ni medio metro arriba de la cabeza dejar salir a mi hijo a jugar a casa de un vecino a puerta cerrada, ¡ni a la calle tampoco!  Entonces además de tener que vivir en este mundo loco, peligroso, egoísta con los niños, poco empático, mi hijo iba a crecer rodeado de puros adultos.

Mat ya tenía casi dos años y medio y un día fuimos a ver a unos amigos que acababan de recibir a su primer hija: ahí renació le renació el instinto de padre. Año y medio después nació Paula, cuando mi niño acababa de cumplir cuatro años.

Durante un tiempo las dudas cruzaban por nuestra cabeza, que si íbamos a querer igual al segundo bebé que al primero, que si íbamos a poder cuidarles, y mantenerles, y claro también pensábamos cómo se iba a sentir el mayor al dejar de ser hijo único, como sus papás.

Hoy Paula tiene cuatro años y Matías ocho y su relación no es no siquiera parecida a lo que yo tuve con mis primas o primos, el vínculo entre ellos es desde ya indisoluble.

Se buscan, cuando están separados se extrañan, cuando Mat llega de su clase de la calle, Paula lo recibe con un abrazo y una sonrisa como si no lo hubiera visto en días, y si ella se va a pasear sin él pregunta cada dos minutos a qué hora va a regresar su hermana.

Ayer Paula se resbaló en la sala y se pegó contra el piso, ni bien se escuchó el golpe, Matías aventó la tablet con la que estaba jugando angry birds y corrió hacia su hermana, le preguntó si estaba bien, la agarró de los costados, la levantó, le hizo sana-sana y regañó al piso.

Con nuestra segunda criatura todos ganamos: papá, mamá, hermano, tenemos un corazón más grande, más momentos de alegría, más capacidad para arropar y una familia mucho más grande de la que hubiéramos pensando

Cada uno de nuestros hijos ha sido una buena, buenísima decisión.

Y ellos nunca más estarán solos, porque se tienen uno al otro, y ahora, tienen a otra hermana más, Victoria. Pero esa es otra historia, la del tercer hijo.

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Pamela Salinas Parra

La vida después del parto

Hace ocho años me convertí en madre sin tener la menor idea de qué se iba a tratar todo esto. Desde entonces he recorrido un camino de cambios, dudas y aprendizaje intensivo sobre lo que significa ser mamá en estos tiempos. Tuve una cesárea, un parto natural con anestesia y un parto psicoprofiláctico en agua. Informar, ayudar y calmar a otras mamás en esta ardua labor del maternaje me llevó a convertirme en Doula postParto, porque ninguna mujer debería comenzar la maternidad en soledad.