Lulú Botello

Mamá Zen

Yo, la hipócrita

Yo, la hipócrita

 

¿Te cuento un chiste? ¿Cuál es el colmo de la mamá Zen? Que hable con toda la suave autoridad del mundo y sus hijos NO LE HAGAN EL MENOR CASO. Así que a los cinco minutos de zen-ilidad, la mamá que soy pierde todo el zen que acumuló durante años y pega tres gritos como de mono aullador (son muy feroces, créanme). Y los hijos siguen SIN HACERLE CASO. Puedo recurrir a las lágrimas, decirles que no me gusta que nos llevemos así, que por piedad hagan los que les pido. Y nada.

 

Hay días así. Absolutamente frustrantes y en los que el enojo, el cansancio o la frustración toman el control y el tono o el trato con que me relaciono con los pequeños no es el que siembra confianza, amor y compañerismo. En los que por la noche, al acostarme, lloro sobre la almohada y me siento muy triste por haber sido capaz de lastimar a mis niños con mis palabras o el tono de mi voz. Y además, encima, soy una persona consciente: he leído y me educado mucho acerca del crecimiento interior, he tomado terapia, he trabajado mis emociones, mi infancia, tengo herramientas y recursos emocionales e intelectuales. Me considero un ser en evolución… ¡hipócrita! Grita una parte muy severa que vive en mi mente. Has hecho todo eso y todavía puedes perder el centro por tonterías.

 

Amo a mis hijos y hago todo lo mejor por formarlos de la mejor manera que conozco. Y justo en esos días de terror es cuando puedo –las mamás podemos – tener grandes aprendizajes. Lo primero: si de plano creo que no voy a poder, mejor cortar de tajo con la situación. Cierra la puerta del tiradero, no los bañes, deja pasar la comida. Segundo, sin falta, al repasar cómo estoy en los días que pierdo el control, me doy cuenta que son aquellos en los que no me cuidé primero yo: no descansé lo suficiente, no comí a la hora adecuada, me dejé abrumar por el trabajo, no atendí mi paz emocional. Y todo eso se refleja en mi trato.

 

Me doy cuenta qué fácil puede ser poner las necesidades de los demás, incluidos quienes más amo, por encima de las mías y cómo mi alma grita que no es por ahí. Primero están mi salud y mi equilibrio, pues sólo desde ahí puedo ser la mejor mamá posible, el mejor ser humano posible. Y además, me doy cuenta que esa voz interior que me dice hipócrita no merece ser escuchada tan en serio, pues es un juez implacable que hay que sustituir con compasión. La compasión por mí, comprendiendo mi esfuerzo constante por ser mejor, el amor tan grande que tengo por mis hijos, mis circunstancias de vida y también, mi estado físico y emocional en un día determinado, que de ninguna forma marca quién soy como mamá. Recuerdo, al final, que es la suma de mis días con ellos, de apapachos y buenos resultados, de experiencias compartidas, de amores correspondidos y de días espantosos lo que ellos van a llevarse y que en esa suma, el saldo es positivo, humano, vulnerable y sobre todo, honesto.

 

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Lulú Botello

Mamá Zen

Lu Botello es editora y curadora de contenido para diferentes empresas y medios. Fue editora de la revista Balance por seis años, lo que la convirtió en experta en bienestar y fitness. Escribió con Ana Paula Domínguez el libro Mamá te quiero Zen que, junto con las lecciones que cada día le dan sus hijos, inspira estas columnas. Tiene un hijo casi adulto, uno pre adolescente y otro de 9 años. Ama estar al aire libre, en la montaña, corriendo y si no, pegada a la computadora o a un libro.