Adriana Vera Orozco

La maternidad según Dada

El miedo más grande de cualquier mamá

El miedo más grande de cualquier mamá

 

Ya que estamos en días de hablar de historias de terror, hoy contaré las mías. Estoy segura que mi miedo más grande es el mismo que el de todas las madres del mundo.

Faltaban unos días para que mi niño cumpliera tres años y era una tarde como cualquiera. Fui por mi niño al kinder, salió feliz, se subió al auto, lo senté en su sillita y nos dirigimos a casa. Al llegar, él estaba dormido y cuando lo cargué para bajarlo me di cuenta que ardía en temperatura.

Por la tarde lo llevé al pediatra, y para cuando llegamos él ya estaba mucho mejor. Iba caminando feliz, se dejó revisar y el médico le diagnosticó una infección de garganta. Mandó un antibiótico y nos fuimos a casa.

Lamentablemente darle el antibiótico era un circo. No le gustaba el sabor y aunque aceptara tomarlo lo terminaba vomitando. Por eso la fiebre no cedía, cada dos horas tenía que hacer algo para bajársela pues llegaba a los 40ºC y el efecto de la medicina para la fiebre no le duraba. Dos días después mi niño estaba ya muy mal y no hubo más opción que inyectarlo. No se levantaba para nada, no quería comer y estaba dormido todo el tiempo. Al tercer día yo sentía que enloquecería. No dormía por estarlo observando y no podía creer la pesadilla que estaba pasando. Cuando le aplicaron la última inyección y no reaccionaba, el médico me dijo que tenía tres hora más para levantarse o tendría que ingresar al hospital.

Como si él supiera la hora límite, unos minutos antes de que se cumpliera el plazo se levantó y poco a poco empezó a ser él otra vez. Ese cumpleaños lo celebré con la mayor de las alegrías de que mi niño estuviera sano y feliz.

 

Tres años y medio después mi niño me dijo: “Mamá, me duele aquí”. Señaló la parte posterior de su mandíbula y su papá me dijo: “Mira, es que tiene una bola”. Sentí que me hundía en el piso del susto. En ese momento tomé el teléfono y le llamé al pediatra, que me dijo que lo mantuviera en observación. Como debíamos ir al dentista al día siguiente, aproveché para pedirle su opinión. La vi muy desconcertada, llamó a su colega del cubículo contiguo, la cual también se mostró confundida, me pidieron que regresara al día siguiente para que lo viera el cirujano maxilofacial.

 

Éste me dijo que necesitábamos tomar una tomografía y que podría ser un tumor. En ese momento saqué cita con su pediatra el cual dijo “Pues sí, este niño tiene una bola”. No quiso decir tumor, ni cáncer, ni linfoma, pero sí me dijo que era urgente someterlo a muchos estudios y que quizás lo tuviera que intervenir el fin de semana.

 

Tienen que ser los peores días que he vivido en toda mi vida. Por suerte todo se resolvió felizmente unos días después, cuando los estudios no revelaron nada preocupante y la bola se quitó con un antibiótico, pero mientras salían los resultados, yo estaba perdiendo la razón.

 

En otra ocasión, mi niño menor de un momento a otro perdió fuerzas. Todos decían que solo estaba cansado, pero hacía una hora que había despertado de una siesta. Estaba desganado y respirando con mucha dificultad. Llamé al pediatra y me dijo que lo llevara inmediatamente a un hospital. Estábamos en un rancho fuera de la ciudad y el tráfico que había en la carretera era impresionante. Gracias a que mi suegro se aventuró a buscar otra ruta pudimos llegar rápido a urgencias. Fueron horas de estudios y de conectarlo al oxígeno.

Todo resultó ser un episodio alérgico a algo en el ambiente del que se recuperó pronto, pero desde ese entonces no dejo de estar pendiente de la respiración de mi chiquito siempre que estoy con él y de preocuparme cuando no está conmigo.

 

Sé que todo lo anterior no han sido más que sustos, y que han sido realmente pocos para los casi 8 años que llevo siendo mamá y para tratarse de dos niños. Estoy segura que toda madre ha pasado por cosas similares o peores, sin embargo me pregunto cómo se puede perder el temor a que algo terrible les pase a nuestros hijos de un momento a otro.

 

Supongo que el bombardeo de información no ayuda. Lo único que se me ocurre es cuidarlos y estar muy pendiente de ellos, y por supuesto disfrutarlos sin estar pensando en todo lo que podría pasarles. Hay que vivir sin miedo y enseñarlos a hacer lo mismo. Que el terror se quede en las películas de miedo.

 

 

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Adriana Vera Orozco

La maternidad según Dada

Me llamo Adriana pero mucha gente me conoce como Dada. De niña soñaba con publicar algún día en el New York Times. A la fecha no lo he logrado, pero sí he escrito para Harper's Bazaar, Caras, Marie Claire, Casaviva, Women's Health, InStyle, Quién y Living de Martha Stewart. Desde el 2006 he tenido varios blogs, en 2007 me convertí en madre y hoy soy la editora en jefe de Todobebé, lo cual me permite combinar mis dos pasiones: la escritura y la maternidad. También me puedes leer en neceser.wordpress.com, un blog de maternidad y estilo de vida.