¿Pueden los padres ser los mejores amigos de sus hijos?
Que los niños se acerquen a los padres y tengan confianza en ellos depende de la calidad y cantidad de tiempo que compartan y no de la informalidad con que se traten.

¿Pueden los padres ser los mejores amigos de sus hijos?

El cambio que ha sufrido la jerarquía social ha traído algunas dificultades en la vida familiar, pero también una gran ventaja: una mayor cercanía entre padres e hijos, lo cual se traduce en una relación más unida, afectuosa y auténtica. De tal manera que, para fortuna de los niños, el papá ha dejado de ser esa figura omnipotente a la que todos temían para convertirse en un ser más humano y alcanzable. Ahora, la mayoría son mucho más afables y cariñosos, se involucran más en la vida de los niños y hacen lo posible por desarrollar una buena amistad con sus hijos.   Pero a menudo ese cambio en los términos de la relación padres-hijos ha llevado a muchos a procurar ser ante todo amigos de sus hijos y esto ha dado lugar a nuevos problemas. Aún cuando es muy sincero el interés de los padres por cerrar la brecha entre ellos y sus hijos, con el fin de evitar la distancia con la figura paterna que ellos experimentaron de niños, a menudo algunos caen en extremos.   Al carecer de un modelo que les sirva de pauta, porque la mayoría tuvieron una relación muy distante con su propio padre, tratan de ser los “mejores amigos” de sus hijos convirtiéndose en sus compinches desde que están pequeños. Lo grave es que este esfuerzo por cambiar los términos de la relación lesiona la seguridad de los niños, trae dificultades para su educación y afecta en forma negativa la imagen paterna.   En primer lugar, una relación que invite a los niños a sentirse a la par con su papá les genera inseguridad y ansiedad. Debido a que los seres humanos tardamos varios años en desarrollar las capacidades que nos permiten sobrevivir por nuestros propios medios, es fundamental para los hijos menores, ver a sus padres como personas superiores a ellos, capaces de cuidarlos y protegerlos hasta que sean adultos y puedan hacerlo por sí mismos. Así, tener un papá con quien se siente de igual a igual no le transmite al niño la confianza en que él tenga esa capacidad.   En segundo lugar, sentir cierta supremacía de los padres también es fundamental en la educación de los hijos. Como los niños están en proceso de desarrollar los controles internos que los llevan a actuar correctamente gracias a su propia fuerza de voluntad, son muchas las cosas que los padres deben obligarlos a hacer a pesar de que a ellos no les agradan (ir al dentista, comer vegetales, estudiar o acostarse temprano).   Es más fácil lograr la colaboración y la obediencia de los hijos cuando ellos nos ven como personas superiores en potestad, experiencia y capacidad. Y esto no es lo que transmiten unos papás que se dirigen a sus hijos suplicantes y dándoles toda suerte de razones para que les obedezcan, en aras de afianzar vínculos de amistad entre ellos. En este tipo de relación no hay una jerarquía definida ni tiene mucha cabida la autoridad paterna.     Cómo nutrir una sana amistad   Lo anterior no significa que los padres no puedan jugar con los niños o compartir intereses y actividades con camaradería. Es decir, no es necesario mantener una relación distante con los hijos. Que los niños se acerquen a los padres y tengan confianza en ellos depende de la calidad y cantidad de tiempo que compartan y no de la informalidad con que se traten. Participar diligentemente en la vida de los hijos y en sus actividades (por aburridas que sean o por cansados que estén), tratarlos con afecto y respeto, estar disponibles cuando los necesitan, no cuando les quede fácil, y escuchar con interés lo que tienen para contarles sin juzgarlos ni menospreciarlos, es lo que determina que los niños se sientan muy cerca de sus papás y quieran compartir con ellos sus inquietudes y problemas.   La amistad es un asunto de confianza y admiración. ¿Y cómo van a confiar los niños en unos padres que mendigan su amistad, o a admirarlos cuando se dejan “mangonear” e irrespetar por ellos? Son muchos los menores que se sienten atemorizados e inseguros porque ven a sus papás como personas incompetentes e inestables, y no como las figuras superiores que rigen su vida.   La sabiduría de los proverbios chinos es innegable, y por algo hay uno que dice, “Que mis hijos hasta los diez años me reverencien, hasta los veinte me respeten y hasta la muerte me amen”. En el proceso de criar hay un momento para ser papás y otro momento, posterior, para ser amigos. Durante la infancia los hijos necesitan ver a sus padres como sabios y todopoderosos, y durante la adolescencia como personas dignas de toda admiración. En esta forma crecerá en ellos un sentimiento de veneración, confianza y gratitud hacia sus padres, que más adelante se traducirá en una profunda y perdurable amistad.   Ángela Marulanda Gómez, colombiana, es educadora familiar, conferencista y consultora en temas relacionados con la formación de los hijos. Madre de cuatro hijos y con estudios de sociología, es escritora y columnista del prestigioso diario colombiano “El Tiempo”, además de colaboradora de publicaciones latinoamericanas y sitios web. Entre sus otros libros destacan “Soy adolescente, ¡por favor entiéndanme!” y “Creciendo con nuestros hijos”.       NOTA: Este artículo es para fines educativos solamente.

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