Adriana Vera Orozco

La maternidad según Dada

De la lactancia y sus artimañas

De la lactancia y sus artimañas

Antes de ser madres, las mujeres vemos la lactancia como algo de película: nace el bebé, se lo dan a su mamá, ella ofrece el seno, el bebé se prende y todo es paz absoluta. O al menos esa era la única referencia que yo tenía. En mi infancia y juventud nunca vi a nadie cercano dándole pecho a su bebé (o quizás no me fijaba porque no me interesaba). Mi madre siempre me contó que conmigo tuvo tanta leche que le era casi imposible salir de casa sin tener “accidentes”, es decir, derrames que empapaban su ropa y que la hacían regresar de inmediato a casa. Ahora sé que, al menos a mis tres hermanos menores, no les dio más que tres meses de lactancia porque era demasiado barullo (y mi madre era ama de casa).

 

Durante mi primer embarazo tuve la suerte de tener cerca de mí a un par de embarazadas muy aplicadas en su investigación sobre la maternidad; pregunté también a mis amigas con hijos y supe que, en mi caso de madre trabajadora, era indispensable un muy buen extractor eléctrico. Compré el de Medela. Tengo que decir que fue mejor producto “para bebés” que pude adquirir. Es compacto, rápido y discreto, podía meterlo conmigo a donde fuera porque se operaba con pilas (compré unas recargables) y venía con su loncherita con un “enfriador” (no sé cómo llamarlo, es un recipiente de plástico cerrado, que contiene agua y se mete al congelador toda la noche para usarlo al día siguiente), 4 botellas para almacenaje y 2 biberoncitos divinos, muy adecuados para recién nacidos.

 

Unos días antes de dar a luz, una amiga que no tiene hijos me visitó y me regaló un mameluquito para mi bebé y unas pezoneras para mí. Me pareció el regalo más extraño del mundo, y ella, adelantándose a mi gesto de “¿por qué me estás regalando accesorios para los sewnos?”, me explicó que una vecina suya le dijo que eso le había salvado la vida. Me pareció un detalle súper conmovedor de su parte, pero la verdad no sabía si usaría “eso”. Otra amiga, que sí tiene hijos, me habló de unas conchitas para prevenir derrames del lado que no está tomando el bebé (porque ¡SÍ!, la leche se sale de los dos lados por igual) y también de unas iguales pero con agujeritos, que son para airear los pezones, aún con la ropa puesta. Una más me dijo que siempre hay que enjuagarse con pura agua y ventilar los pechos, además de aplicar una crema a base de lanolina. Todos estos consejos fueron para mí oro molido (jamás se me agrietaron ni sangraron los pezones).

 

Estaba más que preparada, ¿qué podría salir mal? Nació mi bebé. En el hospital le dieron fórmula porque según yo, no tenía leche. Unos días después de llegar a casa sentí que mis pechos estaban tan inflamados que reventarían. Quise pegarme a mi bebé, pero él no quería. Lo único que conocía era el biberón, sí, pero además, yo no tenía formados los pezones (y no es que yo esté deforme, es que para que un bebé pueda succionar, éstos deben ser bastante prominentes) y él no podía prenderse. Lo intenté muchas veces durante varios días obteniendo nada más que frustraciones, y si no me rendí fue porque mi adorado marido insistió muchísimo en que debíamos lograrlo. En retrospectiva lo recuerdo como estupendo coach, dándome ánimos con dulzura pero firmeza, en verdad no pude tener mejor motivador. De pronto me acordé de aquel extraño regalo que estaba guardado en el clóset. Saqué las pezoneras, las esterilicé y me las puse. Nunca olvidaré ese momento, fue como magia. Pocos días después dejamos las pezoneras, y con la ayuda de mi súper extractor, pudimos prolongar la lactancia hasta los 8 meses. Lo dejamos porque a él ya no le interesaba estar pegado a mí, pues en la guardería tomaba mi leche, pero del biberón. Yo feliz hubiera seguido sacándome la leche  en la oficina dos veces al día, pero hasta ahí llegó nuestra lactancia.

 

Con mi segundo bebé el inicio fue sencillísimo. Ya sabía que debía llevar el tiraleches esterilizado al hospital, y que debía llevar mis pezoneras. Me lo pude pegar desde el primer día, y en ese sentido todo fue miel sobre hojuelas. Ya no estaba trabajando, así que lo cargaba en un rebozo y le daba pecho en cualquier momento y en cualquier lugar.  En este caso el “problema” fue que yo no podía no estar con mi hijo las 24 horas del día. Y no que no hubiera querido, pero a veces hay que ir al ginecólogo, al dentista, o a algún otro lugar en donde no se puede llevar al bebé. Tratar de hacerlo en menos de 3 horas es demasiado angustiante. Por un lado, por el sufrimiento que pasará el bebé, y por el otro, por el mal rato que tendrá quien lo esté cuidando. Es súper desesperante oír llorar a un recién nacido por hambre. Además, mi bebé no me dejaba dormir nada. Tomaba un poco, se dormía, y a la hora, hora y media, despertaba (y me despertaba) para pedir más. Por eso, a los 4 meses empecé a “entrenarlo” para que aprendiera a tomar biberón. Nunca había puesto más a prueba mi dedicación y constancia. El método que apliqué fue el siguiente: todos los días a las 11 am, le ofrecía el biberón antes de darle el pecho. Lo hacía tomando cierta distancia de él, poniéndolo en su sillita. Le insistía un par de minutos, y luego le daba el pecho. Después de un mes de intentos diarios, un día, de pronto, lo aceptó. Eso fue maravilloso, ya podía salir y dejarle mi leche para que se la dieran en biberón, pero eso no resolvió el problema de las noches. A los 11 meses empecé a sustituir una a una las tomas de pecho por biberón, dejando la de la noche al final. Para cuando cumplió el año, mi bebé ya no quería el pecho (me dolió más a mí que a él), y una vez más, aunque yo le hubiera dado otro año feliz de la vida, la falta de sueño me estaba enloqueciendo. Mi bebé todavía tardó unos seis meses en dormir toda la noche de corrido.

 

A pesar de todos los contratiempos de los que hago recuento, considero mis dos lactancias historias de éxito. No fueron nada sufridas y dentro de todo, ambas duraron más de seis meses. Sin embargo, tengo que reconocer que sin todo el apoyo y recomendaciones que recibí, seguramente no lo habría logrado. Para que la lactancia materna sea algo más común en nuestro país (México está entre los países con índices más bajos de lactancia), las madres necesitan mucha información, apoyo y aliento. No es fácil hacerlo si no sabes ni por dónde empezar. No ayuda nada tener que ir a trabajar. ¿Cómo podemos querer seguir algo que no te deja dormir? Por eso escribo mis experiencias. No porque me guste hablar públicamente de mis pezones, si no porque así como todo lo que me dijeron me fue de muchísima utilidad, espero que lo que aquí se lee le sirva a alguien. Es mi granito de arena para promover la lactancia materna, sin olvidar mencionar, además, que alimentar a tu bebé es de las mejores sensaciones que se pueden tener en la vida como madre.

 

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Adriana Vera Orozco

La maternidad según Dada

Me llamo Adriana pero mucha gente me conoce como Dada. De niña soñaba con publicar algún día en el New York Times. A la fecha no lo he logrado, pero sí he escrito para Harper's Bazaar, Caras, Marie Claire, Casaviva, Women's Health, InStyle, Quién y Living de Martha Stewart. Desde el 2006 he tenido varios blogs, en 2007 me convertí en madre y hoy soy la editora en jefe de Todobebé, lo cual me permite combinar mis dos pasiones: la escritura y la maternidad. También me puedes leer en neceser.wordpress.com, un blog de maternidad y estilo de vida.