¿Qué cuna comprar?

¿Qué cuna comprar?

Por Delia Ortiz

Antes que nada: ya deja de preguntar qué cuna comprar, porque corres el riesgo de comprar la cuna que alguien más siempre quiso y jamás pudo tener. Incluidas madre, suegra, cuñadas, hermanos y, en el peor de los casos, la vendedora en turno. Mi segunda recomendación es que de plano mejor no compres cuna. Al menos por ahora. Antes de la cuna hay que pensar en qué tipo de crianza quieres. En mi caso, con dos cunas compradas —una de viaje y otra para el cuarto de los gemelos— ya con los bebés en brazos, luego de dos meses de nacidos, decidí hacer colecho. Resultó más benéfico para involucrar más al papá en la crianza y mucho más cómodo para promover la lactancia materna que será tema de otro día.

Hay varios tipos de crianza y quizá ya has pensado en eso sin necesidad de leer este blog. En ese caso, sigue leyendo por diversión, porque yo jamás me lo había preguntado. Tontamente, estaba más interesada en la mesa de regalos y en el portabebé del carro que, por cierto, es otro accesorio que me arrepiento doblemente de haber comprado.

Ahora sé que hay tantos tipos de crianza como familias hay. Al tercer mes de vida de los chamacos, yo decidí hacer un tipo de crianza lo más natural posible, pensando en cómo habría hecho para cuidar a mis dos cachorros, si hubieramos vivido hace millones de años, cuando no había ni guarderías, ni mamilas ni cunas. Al pensarme en la época de las cavernas comencé a tomar decisiones. Decidí abrazar mucho a mis bebés y dejar de escuchar a quienes me decían que se iba a “embracilar”. Tienen 11 meses y jamás han llorado por brazos. Soy yo la que lloraría si no pudiera abrazarlos. Decidí que quería dormir con ellos todas las noches y no escuché a quienes me decían que tenía que sacarlos de la cama conyugal para no perder la intimidad con mi pareja y evitar que los bebés se hicieran dependientes. Hoy mis bebés son tan independientes como su edad lo exige y mi esposo se levanta todos los días con una gran sonrisa, pues al despertar tiene el mejor cuadro: dos rostros apacibles que duermen profundamente o, mejor aún, unas caritas sonrientes que lo miran con cariño. Claro que las noches son difíciles, pero igual que si lloraran en el cuarto contiguo.

Decidí que les daría papilla natural en la medida de lo posible y que dejaría que se batieran por comer solitos con sus manos. Decidí que la crianza es responsabilidad de los padres y no del pediatra. Decidí que no hay mejor persona para cuidarlos que su propia madre —y miren que pasé por enfermera, ayuda de las abuelas e incluso una “señora del pueblo” que se quedaba en mi casa toda la semana—.

¡Ah! y rechacé categóricamente el consejo de “déjalos llorar toda la noche”. Sé que es un tipo de crianza muy popular. Amigos y familiares cercanos me lo recomendaron. “Lloran tres o cuatro días, pero después ya se acostumbran a dormir toda la noche de corrido”, me decían. Decidí que yo trataría a mis hijos como me gustaría que me trataran a mi misma y a mí no me gustaría que me dejaran llorar desconsoladamente. Así que si lloran, siempre atiendo. Un abrazo, caricias y hasta pecho.

Las primeras dos semanas de recién nacidos, por inexperta y por primeriza, los tuve en una cuna doble de viaje, junto a mi cama, ahí dormían por la noche. Se enfermaron. Luego los pasé a su cuna de madera, pero dormía yo con ellos dentro de la cuna o en la camita de abajo. Muy incómodo y también se enfermaron. Así que dejé de usar las cunas para dormir en la noche. Solamente las uso en las mañanas como corralitos de a ratos. Ahora sé que lo importante no es la cuna, sino cómo decidirás usarla. Ahora sí, elije una.

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